Entrevista a José Carlos Díez

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Nacido en Palencia, José Carlos Díez cursó estudios en la Universidad de Alcalá, y ha trabajado a lo largo de muchos años en los mercados financieros, destacando su papel como economista jefe en Intermoney.

Ha sido también profesor en ICADE, y actualmente lo es en la Universidad de Álcala. Compagina además su actividad académica con su frecuente presencia en los medios de comunicación, siendo colaborador habitual en la Sexta, Cadena Ser…

Recientemente ha publicado dos libros, sin descuidar nunca su blog personal: El blog del economista observador www.jcdiez.com.

Este 24 de septiembre, ha participado en el debate Europa en la encrucijada, celebrado en el Aula Magna de nuestra Universidad, junto con dos eurodiputados asturianos: Jonás Fernández e Ignacio Torreblanca. Desde La Lección del Alumno he tenido la especial oportunidad para entrevistar a José Carlos.

Antes de comenzar, debo agradecer, en nombre de La Lección del Alumno, su disposición a realizar esta entrevista. ¿Cuál fue el primer contacto de José Carlos Díez con la Ciencia económica?

Debido a la profesión de mi hermano (directivo en un banco), siempre me ha atraído el mundo de la empresa. Intenté cursar estudios universitarios de Empresariales, pero, aunque contaba con una buena nota (era la época del Baby boom), por unas décimas acabé en Economía. Es una elección de la que, a día de hoy, no me arrepiento.

Una buena decisión (risas). ¿Cuál es el autor en Economía que más gratamente le ha sorprendido?

Son un montón. Que haya llegado a conocer, Paul Samuelson. Aparte, nunca pueden faltar John M. Keynes, Alfred Marshall, Milton Friedman…

Centrándonos en la situación actual, ¿cuáles estima como la mejor y la peor medida adoptada por el tándem De Guindos-Montoro?

Creo que la mejor fue el Plan de Pago a Proveedores, creada en 2012. En un momento crítico ayudó a aliviar el problema de liquidez. Lo peor (también en 2012) fue el Decreto de Saneamiento bancario, que provocó la quiebra y el rescate de Bankia.

¿Había alguna alternativa a tal Decreto?

Recapitalizar, a tiempo, las entidades insolventes con dinero público. El 31 de diciembre de 2011, en la cuenta corriente del Banco de España del Tesoro Público había 30.000 millones de euros. El Saneamiento de Bankia era posible, pero políticamente, no se quería decir que iba a meter dinero en los bancos, pues Rajoy se había comprometido a no hacerlo. Con este Decreto, el tiro salió por la culata: la solvencia del sistema bancario español entró en un riesgo total; había fuga de capitales, se cortó la financiación de la deuda pública y fue necesaria la intervención del BCE. A un enfermo grave, De Guindos le provocó un infarto.

En contraposición, ¿qué paquete de medidas tomaría en su primer día como Ministro de Economía?

A corto plazo, en este entorno de crecimiento muy raro con deflación y bajadas de salarios, las recientes políticas adoptadas por el BCE han de complementarse con una política fiscal de estímulo, que España no puede acometer sola, por lo que es necesario que el Plan Juncker y el Plan de Inversiones Europeas se ejecuten cuando antes. Creo que esto es prioritario.

Por otra parte está el problema del déficit público, que es (a datos de marzo) del 6% y se ha de rebajar para el año que viene al 2,8%. Las principales partidas de déficit son la seguridad social, el pago de pensiones y las transferencias a las comunidades autónomas (estrechamente relacionadas con el gasto en sanidad y educación). Ante esto hay dos opciones políticas: Recortar el Estado del Bienestar como ha hecho el actual gobierno, o plantear una reforma fiscal que aumente la recaudación. Se ha de profundizar en la lucha contra el fraude y potenciar la capacidad recaudatoria del Estado.

Como tercera medida, más centrada en el largo plazo, un programa de modernización para el empleo joven, para que pueda haber un futuro para vosotros en este país. Y también, volviendo al corto plazo, un plan de empleabilidad, para parados de larga duración que han perdido la prestación, para que puedan volver a trabajar con una renta mínima de inserción que les permita salir de la pobreza severa.

La reforma fiscal que propone, al aumentar la carga fiscal ¿no podría afectar negativamente al crecimiento de nuestra economía?

Recortar el gasto público en una situación de restricción de crédito, según los multiplicadores fiscales del FMI, tienen un impacto mayor sobre el crecimiento y el empleo que una subida de impuestos. La clave está en si la subida de impuestos es coherente.

Respecto a la rebaja del IRPF de este año, me parece bien que las rentas medias paguen menos, volviendo a los niveles de 2011, pero el problema es que las rentas superiores a 60.000 euros pagarán menos que en el 2011, mientras que muchos parados de larga duración ya han perdido la prestación por desempleo. Se reducen los impuestos a los que más tienen, incluso cuando esto puede dificultar el cumplimiento de los objetivos de déficit, y se olvidan de los más desfavorecidos. Un sinsentido. Como dijo Groucho Marx: “Que se pare el mundo, que yo me bajo”. Yo creo en un Estado que cubre las necesidades de los ciudadanos, no uno que se desentiende.

¿Cómo valora la actuación del presidente del Banco Central Europeo Mario Draghi?

Creo que, como Gobernador del Banco de Italia que fue, en su momento fue parte del problema. Más tarde también cometería errores junto con el resto del Consejo del BCE, pero desde julio del 2012 de no haber sido por lo que hizo Draghi estaríamos en una situación crítica, no sólo en España, sino en toda Europa.

Draghi ha conseguido lo que los políticos y líderes europeos no han conseguido, y ha avanzado hacia una auténtica unión monetaria de facto, con políticas, como la compra de deuda, que era algo hasta hace poco impensable. En España deberíamos ponerle alguna calle.

¿Eurobonos sí?

¿Se puede vivir sin eurobonos? Europa tiene en estos momentos la mayor tasa de paro desde la segunda guerra mundial y el mayor nivel de endeudamiento. Si no resolvemos la crisis de deuda, no resolveremos la tasa de paro. No hay otra solución: o se avanza hacia la mutualización, que en ello confío (aunque el asunto griego ha complicado la cosa), o el euro podrá tener problemas.

¿Hacia qué modelo tiene que ir la Universidad española?

No creo que tengamos una mala Universidad; tenemos un modelo educativo bueno. Por ejemplo, en los informes PISA figuramos mejor que Suecia. Pero si es cierto que durante los años de la crisis sí ha habido un deterioro. El profesorado está falto de motivación y eso repercute en los alumnos.

Yo creo que el principal problema viene desde la Educación Infantil: el método enciclopédico de memorización no es para este siglo. Se ha de preparar al estudiante para que tenga una visión crítica y capacidad de resolver problemas, porque al salir a la calle nadie te da una hoja de supuestos ni pizarras. Me refiero un mayor enfoque hacia la mayéutica, en lugar de la memorización.

Ha estado tanto en Universidades públicas como privadas, ¿qué diferencias hay entre ellas?

A mí me gusta más el alumnado de la pública: es mucho más exigente, más responsable y sabe que se la juega. A las privadas las veo más como una proyección del colegio: hay un exceso de proteccionismo al alumno y eso no concuerda con el hecho de que el alumno se ha de preparar para la vida real. Eso se ha de corregir.

¿Cómo es posible que España no tenga ninguna Universidad entre las 150 mejores del ranking Shanghái?

Se gasta muy poco dinero en inversión. Prácticamente el 90% del tiempo del profesor se dedica a la docencia, por lo que apenas le queda tiempo para investigar y redactar papers. Incluso diría que en España está mal visto ser investigador: cuando empecé a buscar trabajo, en las entrevistas de trabajo tenía que estar todo el rato explicando por qué había decidido estudiar un doctorado. En otros lugares se tiende una alfombra roja a los investigadores. Aquí, al no valorar la investigación estamos dejando en desuso muchos recursos. Debemos cambiar culturalmente hacia un país meritocrático, donde gobierne el mejor, y se recompensen los logros y el esfuerzo, como pretendía Platón en La República y Tomás Moro en Utopía.

Si los más formados cobran menos que los que tienen estudios básicos, poca gente querrá hacer estudios superiores. Al final, es cuestión de incentivos, y los incentivos los carga el demonio.

¿Qué le recomienda a los estudiantes, futuros economistas, de esta Universidad?

Primero, tienen que querer mucho a sus padres; los van a necesitar.

El mercado de trabajo sigue sin ofrecer buenas oportunidades, de hecho, el empleo joven de menos de 25 años ha caído una barbaridad desde la reforma laboral. Hay mucha precariedad, no sólo a causa de la reforma laboral, sino del propio modelo empresarial: o empezamos a tener empresas que apuesten por el capital humano o seguirán cayendo los salarios.

Por todo eso recomiendo que prolonguen todo el tiempo de formación que se puedan permitir. Los datos de la EPA revelan que los que cuentan con un título universitario, en Economía o ADE, tienen 25 veces más probabilidades de encontrar empleo que el que no ha pasado por la universidad. Y los que estudian posgrado tienen todavía más probabilidades (evidentemente el posgrado no te garantiza el empleo, pero hace mucho más probable acceder a él).

¿Una película?

El nombre de la rosa.

¿Una novela y un tratado en Economía?

Cien años de soledad y los Principios de Economía de Marshall

¿Un plato?

El cachopo. Tengo sangre asturiana: mi abuela era de Corondeño, un pueblecito cerca de Pola de Allande.

¿Un día perfecto?

El día de mi boda.

¿Equipo de fútbol?

El Real Madrid.

¿Un grupo de música?

Me gusta de todo, pero diría que Dire Straits.

¿Una manía confesable?

Twitter (risas).

¿Un sueño?

Un país donde nuestros jóvenes encuentren un trabajo digno con un salario digno.

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No parece haber correlación, a pesar de las atrevidas afirmaciones del profesor Navarro en el artículo enlazado abajo, entre las políticas de ajuste presupuestario (aplicadas, por ejemplo, en EEUU y en Suecia en los 90, dos modelos muy dispares) y el aumento relativo de los suicidios.

Países como Suiza además, caracterizados por su economía liberalizada registran incluso continuados descensos.

Si es cierto, como apuntan las estadísticas que acompaña Navarro en su artículo, que los suicidios han aumentado en los países de la Europa periférica. En mi opinión éstos son consecuencia del impacto de la aguda crisis económica y no tanto de las políticas, llamadas neoliberales (palabra que no deja de ser un comodín sin demasiado rigor académico) aplicadas con posterioridad. Es más, algunas de las medidas más condenadas por el Catedrático de la Pompeu Fabra han sido bastante útiles en países como Irlanda o las repúblicas bálticas para lograr una firme recuperación económica. La evidencia empírica no parece apoyarle tanto como cree.

Sólo espero que los errados pensamientos de Navarro no respondan a un canalla intento de obtener rédito político de la tragedia.

http://blogs.publico.es/vicenc-navarro/2015/12/14/el-neoliberalismo-mata-y-pone-enfermas-a-las-clases-populares/

 

Gun Control

Navegando por Facebook me topé con la siguiente noticia:

http://www.playgroundmag.net/articulos/columnas/Armas-EEUU-terrorismo-miedo-igual_0_1657034295.html?utm_source=facebook.com&utm_medium=post&utm_campaign=TerrorismoEEUUmiedo

Es innegable que la violencia armada en los EEUU, asunto de máxima actualidad, supone un auténtico drama nacional, pero estimo que el contenido de este artículo es bastante matizable:


En los últimos 4 años, han muerto en EEUU más personas por armas de fuego que estadounidenses en las guerras de Corea, Vietnam, Afganistán e Irak juntas.

 

Si bien el dato con el que arranca el post de facebook de Playground parece ser cierto, en ningún momento del artículo se hace alusión a que la cifra de muertes a causa de armas de fuego de estos cuatro últimos años incluye, entre otros, tanto suicidios como homicidios.
Si sólo tenemos en cuenta los homicidios por armas de fuego en EEUU de estos ultimos cuatro años (esto es, descontando los suicidios con armas de fuego, accidentes, etc…) la cifra se reduce sensiblemente, a unas 48.000 muertes, cifra que estaría por debajo de los fallecidos estadounidenses en Vietnam (en torno a 58.000).
Por tanto, menos del 40% de las muertes por arma de fuego corresponderían a homicidios.

Creo que un artículo como este, que llega a hablar de “terrorismo doméstico”, peca bastante por omisión (de información). Demasiado sensacionalismo. No pretendo en ningún caso restar importancia al enorme número de homicidios, que sigue siendo uno de los principales problemas a los que la sociedad estadounidense se ha de enfrentar.

Fuentes: Gunpolicy.org y Gunviolencearchive.org

Por otra parte, y en contra de las alegaciones de muchos lobbies prohibicionistas, atendiendo a la situación en muy diversos países, desde Suiza a México, no se aprecia una correlación entre la legislación anti-armas y una menor violencia armada. De hecho, California, donde han ocurrido escalofriantes tiroteos esta semana, es uno de los Estados de la federación con la más férrea normativa contra las armas de fuego. Lo mismo ocurre respecto a los suicidios: países como Japón o Corea del Sur, pese a la estricta prohibición de la propiedad de armas de fuego, superan ampliamente las ya de por sí más que alarmantes cifras estadounidenses.

El problema no reside en el objeto, o en la segunda enmienda, sino en la persona que lo empuña.

Relacionado: http://www.nationalreview.com/article/425021/australia-gun-control-obama-america

http://www.nationalreview.com/article/423192/gun-control-suicide-rates-ezra-klein

Para Ferreras

Miles de españoles nos entregamos de lunes a viernes al más explícito ejercicio de masoquismo, sin necesitad de indumentarias de cuero, fustas y demás utillaje perverso, por el simple hecho de presionar el sexto botón del mando a distancia.

Este miércoles sintonicé el programa Al Rojo Vivo mientras comía, a riesgo de sufrir en consecuencia cualquier tipo de trastorno digestivo. Y lo cierto es que el programa en un inicio resultaba bastante interesante, con la presencia de varias voces autorizadas sobre Oriente Medio y el terrorismo. Pero entonces llegó el fatídico momento: Antonio García Ferreras, en una de esas escasas ocasiones en las que no emplea su tiempo en interrumpir al resto de tertulianos, se dirige a la cámara. En esos precisos instantes, hasta el coloso de Rodas quedaría ensombrecido por el del ego del presentador.

 “Los efectos de los bombardeos masivos… la falta de información que tenemos… la falta de periodistas… no hay el clásico corresponsal de guerra que pueda estar trabajando con un mínimo margen de libertad en la zona ocupada por el Estado Islámico, y nos llegan imágenes como esta: bombardeos que, evidentemente, a veces se llevan por delante a civiles” Surgen entonces en pantalla imágenes de la desolación y el dolor en el suburbio damasceno de Douma.

Sobre este tema ya se ha hablado antes en el blog: Douma, pese a lo que nos acaba de contar este miserable mercachifle de noticias, ni es una zona ocupada por el ISIS, ni los bombardeos sobre la población civil son efectuados por Francia, sino por las fuerzas gubernamentales assadíes, de forma ininterrumpida desde los inicios de la guerra.

Tienes la poca vergüenza, Ferreras, de erigirte como guardián del Bien y de la Verdad desde tu programa cuando juegas sin ningún respeto con las víctimas del conflicto sirio, manipulando su historia, culpando a Europa mientras ves tus cifras de audiencia crecer. Nunca alguien tan moralista pudo ser tan amoral.

Es evidente además, que tu embuste jamás aparecerá en la “maldita hemeroteca” del programa de tu esposa, el Objetivo. Poco puede esperar uno del canal que diriges, salvo mendacidad.

La bandera siria

Recientemente han aparecido en diversas redes sociales quejas referidas a la no inclusión por parte Facebook de filtros para la foto de perfil con la bandera de demás países afectados por el terrorismo en las últimas semanas. Respecto a las continuas acusaciones que se hace a la prensa de etnocentrismo, o incluso de racismo, me parece una buena contestación este artículo:

Por qué me importa más un francés que un sirio

Lo que realmente me ha sorprendido es haya gente reclamando (como si acaso fb les perteneciera) la presencia de filtros con la bandera del Estado Sirio.
Sí, precisamente reclamando el puto filtro con la bandera del régimen Baaz , que desde 2011 ha reprimido de la forma más desmedida y brutal las manifestaciones, y ya en el curso de la guerra civil no ha dudado en bombardear indiscriminadamente y sin cuartel ciudades bajo control rebelde repletas de civiles como Alepo, Homs, Douma o Zabadani.

Si de verdad queréis expresar vuestra solidaridad con el pueblo sirio, esa es una manera bastante pésima.

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Depresiones de posguerra

Probablemente no las conozca. No se moleste en buscarlas en su libro de historia del Instituto, sólo encontrará a su ilustre vecina, la de año 29. Estas crisis no tienen el glamour de los tulipanes holandeses, no comparten la pasión e indignación de la burbuja del 2008, ni son el trasfondo de sublimes novelas como Las uvas de la ira.

Cabría preguntarse entonces por qué demonios merece la pena hablar sobre estas dos depresiones económicas estadounidenses, de 1920-21 y 1946. Lo cierto es que son únicas, pues en gran medida estas vienen definidas por las grandes carnicerías que las precedieron.

La crisis del 20-21

Se presta a la ironía que la década de “los felices años 20” se iniciase con una recesión que alcanzó, en su punto álgido, un 11,7% de desempleo[1] (sí, sé que en España hasta parecería una buena cifra, pero le juro que allí es algo traumático). La producción se redujo, según el Departamento de Comercio, casi un 7%, y la deflación se estima del 18%[2] (siendo la más alta del siglo en EEUU), a la par que más de 600 bancos entraban en quiebra[3] y los mineros del carbón convocaban numerosas huelgas. Y para colmo de males, la llamada Volstead Act, o Ley Seca, acababa de privar a millones de ciudadanos de su método favorito para aliviar las penas.

A pesar de la aguda crisis y de las constantes críticas de los republicanos, el ejecutivo del demócrata Woodrow Wilson no emprendió medida alguna de estímulo fiscal (es posible que tal inactividad se debiese al delicado estado de salud del presidente, que a lo largo de su vida había sufrido varios ictus).

Paradójicamente, no sólo la crisis habría remitido por completo en verano de 1922, sino que para 1923 la economía estadounidense se hallaba en pleno auge, con sólo un 2,4% de paro[4], todo ello en el contexto de una continua política de significativo ajuste presupuestario (entre 1919 y 1920 el gasto federal se contrajo más del 60%[5] y progresivamente se fue recortando aún más hasta 1924), encaminado a la amortización de la deuda pública contraída durante la Gran Guerra. Una recuperación en entornos de austeridad.

Una causa posible del desplome de los precios, que afectó principalmente a los productos agrarios, se debería a la caída de la demanda de bienes importados en Europa, pues esta había dejado de necesitar suministros para el esfuerzo bélico, dando lugar en la joven nación ultramarina un exceso de oferta. El fin de la guerra y la desmovilización también apuntan a ser algunas de las principales razones del elevado desempleo.

Por otra parte, en su libro A Monetary History of the United States, Milton Friedman y Anne Swartz acusarán a la recientemente creada Reserva Federal[6] (Fed) de haber aplicado una política monetaria excesivamente restrictiva, con súbitos aumentos de los tipos de intervención[7] entre 1919 y 1920 para combatir la inflación posbélica, cortando el flujo de crédito a las empresas, paralizando así la economía.

Para James Grant, la rauda recuperación económica supone una clara evidencia de cómo el ajuste realizado por el propio mercado, sin necesidad de la intervención del gobierno (o mejor dicho, con la necesidad de de su abstención), es clave para la salir de la fase depresiva del ciclo económico.

Charles Kindleberger en Manias, Panics ands Crashes interpreta la crisis como una consecuencia de la expansión monetaria originada por los bancos estadounidenses, dentro del joven sistema de la Reserva Federal, desencadenado un furor especulativo que acabaría en un crash.

A diferencia del origen de la recesión, el motivo de la singular celeridad en la recuperación no parece tener ya tan claras explicaciones dentro los paradigmas keynesiano y monetarista; no se aplicaron estímulos fiscales (para cuando empezó la importante reducción de impuestos del presidente Harding los momentos más crudos de la crisis ya se habían superado[8]), y las reducciones de los tipos de interés de la Fed a partir de 1921 no fueron de gran entidad. No existe, a día de hoy, consenso entre economistas e historiadores sobre la cuestión.

La “Gran Depresión” del 1946

Sería ya bastante mala suerte para el ciudadano estadounidense que, después del tremebundo Crac del 29 y de otra guerra mundial, aconteciese otra desgracia semejante. Imagínese la situación: Usted, acabada la guerra, regresa a su bonita casa en Pensilvania tras combatir durante tres años al nipón en el frente del Pacífico, todo ello para encontrarse ahora que en su país el PIB real se ha desplomado un ¡20.6%[9]!, y por si fuera poco, el déficit público es del 20%, la inflación del 18% y la deuda cercana al 120% del PIB (quizá este último dato ya no parezca hoy algo tan llamativo).

Tranquilícese, es 1946, la guerra ha terminado, y como es lógico, el gasto gubernamental, uno de los componentes del PIB, ha menguado drásticamente (otra vez en torno al 60% entre 1945 y 1947) como consecuencia del abandono de la economía de guerra y la reconversión.

En efecto, la mayoría de los ciudadanos estadounidenses no percibió en su economía personal tal brutal contracción del PIB, por el contrario; la aportación del sector privado a este aumentó respecto al año anterior un 29.5%[10], algo totalmente excepcional la tierra de las oportunidades. Paralelamente, déficit y deuda aminoraron progresivamente. Lo cierto es que puede parecer hasta obsceno referirse a este período de relativa prosperidad por el nombre de “Gran Depresión”.

Sin embargo, algunos economistas, como Alvin Hansen, temían ya en el año 1944 que la reducción del gasto público al acabar la Segunda Guerra Mundial, y la austeridad para el pago de las deudas de guerra podrían desencadenar una nueva recesión. Los más catastrofistas hablaban de un paro del 35%[11]. Afortunadamente, el desempleo cuatrimestral máximo alcanzado, incluso durante la reincorporación de legiones de excombatientes al mundo laboral, no fue mucho más allá de 4%[12].

Quizás, lo más anecdótico de todo esto sea que este acontecimiento sea conocido jocosamente como “la crisis que, aún terminada, empeora con el paso de los años”.

La historia de este curioso sobrenombre comienza en 1960, con la publicación de Historical Statistics of the United States, Colonial times to 1957, informe elaborado por el Departamento de Comercio, en la cual estimaba la caída del PNB en 1946 en un 7.8%. Sorprendentemente, en posteriores ediciones, la cifra se revisó a un 12%, más tarde al 14,7% y así sucesivamente hasta que en la edición de 1986 finalmente la cifra alcanzó el 19%. Es por eso por lo que los estudiosos, con mucho sentido del humor, han bautizado, a posteriori, a esta “falsa crisis” como la “Gran Depresión del 46”.

[1] Thomas Woods, The forgotten crisis of 1920, J.R. Vernon The 1920-21 deflation: the role of aggregate supply

[2] J.R. Vernon, opt.cit

[3] M.Friedman y A.Swartz, A Monetary History of the EEUU

[4] J.R.Vernon, opt.cit.

[5]Sitio web de la Casa Blanca:  http://www.whitehouse.gov/sites/default/files/omb/budget/fy2013/assets/hist.pdf

[6] Creada mediante la Federal Reserve Act en 1913: http://www.legisworks.org/congress/63/publaw-43.pdf

[7] Por el contrario los tipos de intervención de la Fed en el período 1914-1920 habían sido excesivamente bajos. Thomas Woods, opt. cit.

[8] Lo cual refutaría una de los motivos de la recuperación alegados por el historiador Thomas Woods; los tax cuts de la administración Harding.

[9] Robert Higgs, Depression, War, and Cold War

[10] Robert Higgs, opt.cit.

[11]  Atribuído a Boris Shishkin. Vid. http://object.cato.org/sites/cato.org/files/serials/files/policy-report/2012/2/cpr32n3-1.pdf

[12] R.K. Vedder y L. Gallaway, The great depression of 1946.

VAE VICTIS

Abundan en el imaginario popular numerosas ideas erróneas sobre la historia de la Roma antigua. No me refiero al clásico Julio César Emperador, de los tebeos de los célebres galos de Uderzo y Goscinny, sino  a la creencia de que de que el principal factor que motivó el colapso de este imperio fueron las invasiones bárbaras. Siendo innegable la fundamental aportación de éstas a la caída del imperio más célebre de la historia, cada vez son más aceptadas entre los estudiosos aquellas teorías que sostienen que la verdadera condictio sine qua non del fin romano se fundamentan en causas institucionales y económicas. En anteriores ocasiones, Roma ya había hecho frente a otras amenazas militares similares, que habían llegado hasta las mismas puertas de Roma (Aníbal Barca), o incluso la saquearon (Breno el Galo). Las hordas bárbaras en los siglos IV y V no hicieron sino acelerar el desmoronamiento y, aprovechando la decadencia existente, poner fin a la agonía de los herederos de Rómulo.

“Una gran civilización no puede conquistarse desde fuera hasta que no se ha destruido a si misma desde dentro”

Will Durant

Retrocedamos en el tiempo. Ya en la época tardorrepublicana, durante los consulados de Cayo Mario, era patente que la corrupción y el populismo ya eran una constante en la vida política de la urbe. Una vez acabadas las épocas de guerras civiles y triunviratos, la concentración de amplios poderes bajo la figura del Princeps, “el primero”, Octavio César, en el año 27 a.C. y el crecimiento progresivo del aparato del Estado: el funcionariado, la burocratización, los nuevos impuestos sobre el consumo y las sucesiones, la administración de la extensas provincias… con el tiempo no hicieron otra cosa que multiplicar aquellos problemas de los que se pretendía huir con la instauración del Principado.

A las malas prácticas del pródigo y degenerado Calígula, le siguieron unos años después las de Nerón, con las que se reafirmaba el modelo autodestructivo romano del panem et circenses: Oferta gratuita de luchas de gladiadores y otros espectáculos, intervención en los precios del trigo y reparto del mismo, costosas campañas militares… Nerón, amante de los pobres (y de tabernas y lupanares), y temeroso de los desórdenes, decidió buscar formas alternativas a las subidas de impuestos que evitasen la quiebra del erario público. Escogió sin embargo, la opción que en el largo plazo condenaría a la ciudad eterna; el envilecimiento de la moneda.

El denario pasó de contener 3,90 gramos de plata a unos 3,4, y el contenido del áureo bajó de 8 gramos de oro a 7,3. El poeta megalómano lograba con esto acuñar muchas más monedas por la misma cantidad de metales preciosos.

No serían pocos los Césares que recurrirían a las mismas medidas como medio recaudatorio. No en vano dijo Friedman “inflation is taxation without regulation”.

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La economía romana en los siglos I y II se hallaba en auge, con un floreciente comercio de manufacturas y productos agrarios, lo cual propiciaría la consolidación de importantes instituciones jurídicas, de las que somos herederos. Se estima que el progreso económico vivido en la época de la Pax Romana no se recuperó hasta la Edad Moderna.

Sin embargo, conforme se reafirmaba el modelo de corrupción política, despilfarro y envilecimiento de la moneda, las crisis económicas se hicieron más frecuentes, los precios se multiplicaron, especialmente los de los productos de primera necesidad, los ciudadanos veían desaparecer su poder adquisitivo, causando incertidumbre, etc…

Para el siglo III, el denario sólo mantenía un 2% de la cantidad de plata anterior a Nerón, Ante esta situación, los ciudadanos respondían a sus obligaciones con las monedas de menor contenido en metal precioso, siendo este hecho bien estudiado por el Obispo del siglo XIV Nicolas Oresme, escolástico francés y buen conocedor de los fenómenos monetarios, así como Sir Thomas Gresham, el cual definió perfectamente esto mediante el aforismo “la mala moneda desplaza a la buena”.

Las reformas monetarias de Antonino Caracalla acentuaron el proceso inflacionario a la par que se aumentaba el gasto militar. Esto induciría la gran crisis fiscal del siglo III.

La inflación sería el mayor agravante de la anarquía militar del mismo siglo; muchos legionarios del enorme y costosísimo ejército preferían desertar o seguir a un general sublevado con ansias de poder, que les prometía el pago en especie, antes que percibir su salario en denarios devaluados.

Con el ascenso al poder de Diocleciano, y la implantación de la Tetrarquía, el periodo de anarquía militar tocó a su fin. Bajo su gobierno se emprendieron numerosas reformas, con las que se volvía a caer en errores pasados. Con Diocleciano, comienza el Dominado, la última etapa política del Imperio Romano, donde los poderes del emperador son más despóticos que nunca, acompañados por una titánica burocracia, corrompida y parasitaria, y un ejército cada vez mayor, menos eficaz y más barbarizado.

Para financiar todo esto se acometió una ambiciosa reforma impositiva, otra reforma monetaria, y un Edicto sobre Precios Máximos, en el 301 d.C, que afectaba a la mayoría de los bienes de consumo más básicos, para frenar la hiperinflación. El Edicto establecía la pena capital al infractor, tanto por vender a precios mayores como por atesorar los bienes en lugar de venderlos por el precio establecido.

No sólo se fracasó en su objetivo, también una cantidad ingente de productos desaparecieron del mercado a consecuencia de la fijación de precios, provocando escasez y agravando la situación económica. Las frecuentes hambrunas impulsaron el abandono de las ciudades y la vuelta al campo, lo cual supone un hecho determinante para la posterior formación del feudalismo.

El resto de la historia es bien sabida. En 476, Odoacro, Rey de los hérulos, depone a Rómulo Augústulo. Es el fin del Imperio Romano de Occidente.

Pese a la fatal experiencia, la historia está plagada de sonados casos en los que los gobiernos recurren al impuesto-inflación, sin límite alguno, para aumentar su liquidez a costa de los ciudadanos, para afrontar la deuda fruto del despilfarro, financiar guerras… Terminando muchos de ellos con trágicos resultados. La moraleja es simple e intemporal; la irresponsabilidad del gobernante la pagamos todos. La tradición escolástica tardía, desde el mencionado Oresme, pasando por la escuela salmantina, nunca dudó al anunciar la inmoralidad del impuesto-inflación.

Sin embargo, a día de hoy se sigue hablando de monetizar la deuda. El nefasto presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, afirmó una vez “Estados Unidos puede pagar cualquier deuda que tenga, porque siempre puede imprimir dinero para hacerlo. Por eso la probabilidad de default para Estados Unidos es nula”. Desde 2008 la base monetaria en EEUU se ha multiplicado por cuatro, por cortesía de la FED, digna sucesora de nuestros conocidos emperadores.

Me gustaría, para finalizar, hacer especial mención (para invitar a los más curiosos a echarle un vistazo) a la emisión de asignados-moneda respaldados en tierras requisadas a la Iglesia, a manos de la Asamblea Nacional Constituyente en 1790, ideada por el Conde de Mirabeau. Se trata de un caso quizás no tan conocido como el de República del Weimar o Zimbabue, pero tremendamente ilustrativo de la hecatombe resultante de la irresponsabilidad monetaria.

El precio de la libertad es la eterna vigilancia”

Thomas Jefferson