VAE VICTIS

Abundan en el imaginario popular numerosas ideas erróneas sobre la historia de la Roma antigua. No me refiero al clásico Julio César Emperador, de los tebeos de los célebres galos de Uderzo y Goscinny, sino  a la creencia de que de que el principal factor que motivó el colapso de este imperio fueron las invasiones bárbaras. Siendo innegable la fundamental aportación de éstas a la caída del imperio más célebre de la historia, cada vez son más aceptadas entre los estudiosos aquellas teorías que sostienen que la verdadera condictio sine qua non del fin romano se fundamentan en causas institucionales y económicas. En anteriores ocasiones, Roma ya había hecho frente a otras amenazas militares similares, que habían llegado hasta las mismas puertas de Roma (Aníbal Barca), o incluso la saquearon (Breno el Galo). Las hordas bárbaras en los siglos IV y V no hicieron sino acelerar el desmoronamiento y, aprovechando la decadencia existente, poner fin a la agonía de los herederos de Rómulo.

“Una gran civilización no puede conquistarse desde fuera hasta que no se ha destruido a si misma desde dentro”

Will Durant

Retrocedamos en el tiempo. Ya en la época tardorrepublicana, durante los consulados de Cayo Mario, era patente que la corrupción y el populismo ya eran una constante en la vida política de la urbe. Una vez acabadas las épocas de guerras civiles y triunviratos, la concentración de amplios poderes bajo la figura del Princeps, “el primero”, Octavio César, en el año 27 a.C. y el crecimiento progresivo del aparato del Estado: el funcionariado, la burocratización, los nuevos impuestos sobre el consumo y las sucesiones, la administración de la extensas provincias… con el tiempo no hicieron otra cosa que multiplicar aquellos problemas de los que se pretendía huir con la instauración del Principado.

A las malas prácticas del pródigo y degenerado Calígula, le siguieron unos años después las de Nerón, con las que se reafirmaba el modelo autodestructivo romano del panem et circenses: Oferta gratuita de luchas de gladiadores y otros espectáculos, intervención en los precios del trigo y reparto del mismo, costosas campañas militares… Nerón, amante de los pobres (y de tabernas y lupanares), y temeroso de los desórdenes, decidió buscar formas alternativas a las subidas de impuestos que evitasen la quiebra del erario público. Escogió sin embargo, la opción que en el largo plazo condenaría a la ciudad eterna; el envilecimiento de la moneda.

El denario pasó de contener 3,90 gramos de plata a unos 3,4, y el contenido del áureo bajó de 8 gramos de oro a 7,3. El poeta megalómano lograba con esto acuñar muchas más monedas por la misma cantidad de metales preciosos.

No serían pocos los Césares que recurrirían a las mismas medidas como medio recaudatorio. No en vano dijo Friedman “inflation is taxation without regulation”.

http://www.whatamimissinghere.com/wp-content/uploads/2011/12/Silver-content-of-aRoman-Denarius.jpg

La economía romana en los siglos I y II se hallaba en auge, con un floreciente comercio de manufacturas y productos agrarios, lo cual propiciaría la consolidación de importantes instituciones jurídicas, de las que somos herederos. Se estima que el progreso económico vivido en la época de la Pax Romana no se recuperó hasta la Edad Moderna.

Sin embargo, conforme se reafirmaba el modelo de corrupción política, despilfarro y envilecimiento de la moneda, las crisis económicas se hicieron más frecuentes, los precios se multiplicaron, especialmente los de los productos de primera necesidad, los ciudadanos veían desaparecer su poder adquisitivo, causando incertidumbre, etc…

Para el siglo III, el denario sólo mantenía un 2% de la cantidad de plata anterior a Nerón, Ante esta situación, los ciudadanos respondían a sus obligaciones con las monedas de menor contenido en metal precioso, siendo este hecho bien estudiado por el Obispo del siglo XIV Nicolas Oresme, escolástico francés y buen conocedor de los fenómenos monetarios, así como Sir Thomas Gresham, el cual definió perfectamente esto mediante el aforismo “la mala moneda desplaza a la buena”.

Las reformas monetarias de Antonino Caracalla acentuaron el proceso inflacionario a la par que se aumentaba el gasto militar. Esto induciría la gran crisis fiscal del siglo III.

La inflación sería el mayor agravante de la anarquía militar del mismo siglo; muchos legionarios del enorme y costosísimo ejército preferían desertar o seguir a un general sublevado con ansias de poder, que les prometía el pago en especie, antes que percibir su salario en denarios devaluados.

Con el ascenso al poder de Diocleciano, y la implantación de la Tetrarquía, el periodo de anarquía militar tocó a su fin. Bajo su gobierno se emprendieron numerosas reformas, con las que se volvía a caer en errores pasados. Con Diocleciano, comienza el Dominado, la última etapa política del Imperio Romano, donde los poderes del emperador son más despóticos que nunca, acompañados por una titánica burocracia, corrompida y parasitaria, y un ejército cada vez mayor, menos eficaz y más barbarizado.

Para financiar todo esto se acometió una ambiciosa reforma impositiva, otra reforma monetaria, y un Edicto sobre Precios Máximos, en el 301 d.C, que afectaba a la mayoría de los bienes de consumo más básicos, para frenar la hiperinflación. El Edicto establecía la pena capital al infractor, tanto por vender a precios mayores como por atesorar los bienes en lugar de venderlos por el precio establecido.

No sólo se fracasó en su objetivo, también una cantidad ingente de productos desaparecieron del mercado a consecuencia de la fijación de precios, provocando escasez y agravando la situación económica. Las frecuentes hambrunas impulsaron el abandono de las ciudades y la vuelta al campo, lo cual supone un hecho determinante para la posterior formación del feudalismo.

El resto de la historia es bien sabida. En 476, Odoacro, Rey de los hérulos, depone a Rómulo Augústulo. Es el fin del Imperio Romano de Occidente.

Pese a la fatal experiencia, la historia está plagada de sonados casos en los que los gobiernos recurren al impuesto-inflación, sin límite alguno, para aumentar su liquidez a costa de los ciudadanos, para afrontar la deuda fruto del despilfarro, financiar guerras… Terminando muchos de ellos con trágicos resultados. La moraleja es simple e intemporal; la irresponsabilidad del gobernante la pagamos todos. La tradición escolástica tardía, desde el mencionado Oresme, pasando por la escuela salmantina, nunca dudó al anunciar la inmoralidad del impuesto-inflación.

Sin embargo, a día de hoy se sigue hablando de monetizar la deuda. El nefasto presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, afirmó una vez “Estados Unidos puede pagar cualquier deuda que tenga, porque siempre puede imprimir dinero para hacerlo. Por eso la probabilidad de default para Estados Unidos es nula”. Desde 2008 la base monetaria en EEUU se ha multiplicado por cuatro, por cortesía de la FED, digna sucesora de nuestros conocidos emperadores.

Me gustaría, para finalizar, hacer especial mención (para invitar a los más curiosos a echarle un vistazo) a la emisión de asignados-moneda respaldados en tierras requisadas a la Iglesia, a manos de la Asamblea Nacional Constituyente en 1790, ideada por el Conde de Mirabeau. Se trata de un caso quizás no tan conocido como el de República del Weimar o Zimbabue, pero tremendamente ilustrativo de la hecatombe resultante de la irresponsabilidad monetaria.

El precio de la libertad es la eterna vigilancia”

Thomas Jefferson

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