Depresiones de posguerra

Probablemente no las conozca. No se moleste en buscarlas en su libro de historia del Instituto, sólo encontrará a su ilustre vecina, la de año 29. Estas crisis no tienen el glamour de los tulipanes holandeses, no comparten la pasión e indignación de la burbuja del 2008, ni son el trasfondo de sublimes novelas como Las uvas de la ira.

Cabría preguntarse entonces por qué demonios merece la pena hablar sobre estas dos depresiones económicas estadounidenses, de 1920-21 y 1946. Lo cierto es que son únicas, pues en gran medida estas vienen definidas por las grandes carnicerías que las precedieron.

La crisis del 20-21

Se presta a la ironía que la década de “los felices años 20” se iniciase con una recesión que alcanzó, en su punto álgido, un 11,7% de desempleo[1] (sí, sé que en España hasta parecería una buena cifra, pero le juro que allí es algo traumático). La producción se redujo, según el Departamento de Comercio, casi un 7%, y la deflación se estima del 18%[2] (siendo la más alta del siglo en EEUU), a la par que más de 600 bancos entraban en quiebra[3] y los mineros del carbón convocaban numerosas huelgas. Y para colmo de males, la llamada Volstead Act, o Ley Seca, acababa de privar a millones de ciudadanos de su método favorito para aliviar las penas.

A pesar de la aguda crisis y de las constantes críticas de los republicanos, el ejecutivo del demócrata Woodrow Wilson no emprendió medida alguna de estímulo fiscal (es posible que tal inactividad se debiese al delicado estado de salud del presidente, que a lo largo de su vida había sufrido varios ictus).

Paradójicamente, no sólo la crisis habría remitido por completo en verano de 1922, sino que para 1923 la economía estadounidense se hallaba en pleno auge, con sólo un 2,4% de paro[4], todo ello en el contexto de una continua política de significativo ajuste presupuestario (entre 1919 y 1920 el gasto federal se contrajo más del 60%[5] y progresivamente se fue recortando aún más hasta 1924), encaminado a la amortización de la deuda pública contraída durante la Gran Guerra. Una recuperación en entornos de austeridad.

Una causa posible del desplome de los precios, que afectó principalmente a los productos agrarios, se debería a la caída de la demanda de bienes importados en Europa, pues esta había dejado de necesitar suministros para el esfuerzo bélico, dando lugar en la joven nación ultramarina un exceso de oferta. El fin de la guerra y la desmovilización también apuntan a ser algunas de las principales razones del elevado desempleo.

Por otra parte, en su libro A Monetary History of the United States, Milton Friedman y Anne Swartz acusarán a la recientemente creada Reserva Federal[6] (Fed) de haber aplicado una política monetaria excesivamente restrictiva, con súbitos aumentos de los tipos de intervención[7] entre 1919 y 1920 para combatir la inflación posbélica, cortando el flujo de crédito a las empresas, paralizando así la economía.

Para James Grant, la rauda recuperación económica supone una clara evidencia de cómo el ajuste realizado por el propio mercado, sin necesidad de la intervención del gobierno (o mejor dicho, con la necesidad de de su abstención), es clave para la salir de la fase depresiva del ciclo económico.

Charles Kindleberger en Manias, Panics ands Crashes interpreta la crisis como una consecuencia de la expansión monetaria originada por los bancos estadounidenses, dentro del joven sistema de la Reserva Federal, desencadenado un furor especulativo que acabaría en un crash.

A diferencia del origen de la recesión, el motivo de la singular celeridad en la recuperación no parece tener ya tan claras explicaciones dentro los paradigmas keynesiano y monetarista; no se aplicaron estímulos fiscales (para cuando empezó la importante reducción de impuestos del presidente Harding los momentos más crudos de la crisis ya se habían superado[8]), y las reducciones de los tipos de interés de la Fed a partir de 1921 no fueron de gran entidad. No existe, a día de hoy, consenso entre economistas e historiadores sobre la cuestión.

La “Gran Depresión” del 1946

Sería ya bastante mala suerte para el ciudadano estadounidense que, después del tremebundo Crac del 29 y de otra guerra mundial, aconteciese otra desgracia semejante. Imagínese la situación: Usted, acabada la guerra, regresa a su bonita casa en Pensilvania tras combatir durante tres años al nipón en el frente del Pacífico, todo ello para encontrarse ahora que en su país el PIB real se ha desplomado un ¡20.6%[9]!, y por si fuera poco, el déficit público es del 20%, la inflación del 18% y la deuda cercana al 120% del PIB (quizá este último dato ya no parezca hoy algo tan llamativo).

Tranquilícese, es 1946, la guerra ha terminado, y como es lógico, el gasto gubernamental, uno de los componentes del PIB, ha menguado drásticamente (otra vez en torno al 60% entre 1945 y 1947) como consecuencia del abandono de la economía de guerra y la reconversión.

En efecto, la mayoría de los ciudadanos estadounidenses no percibió en su economía personal tal brutal contracción del PIB, por el contrario; la aportación del sector privado a este aumentó respecto al año anterior un 29.5%[10], algo totalmente excepcional la tierra de las oportunidades. Paralelamente, déficit y deuda aminoraron progresivamente. Lo cierto es que puede parecer hasta obsceno referirse a este período de relativa prosperidad por el nombre de “Gran Depresión”.

Sin embargo, algunos economistas, como Alvin Hansen, temían ya en el año 1944 que la reducción del gasto público al acabar la Segunda Guerra Mundial, y la austeridad para el pago de las deudas de guerra podrían desencadenar una nueva recesión. Los más catastrofistas hablaban de un paro del 35%[11]. Afortunadamente, el desempleo cuatrimestral máximo alcanzado, incluso durante la reincorporación de legiones de excombatientes al mundo laboral, no fue mucho más allá de 4%[12].

Quizás, lo más anecdótico de todo esto sea que este acontecimiento sea conocido jocosamente como “la crisis que, aún terminada, empeora con el paso de los años”.

La historia de este curioso sobrenombre comienza en 1960, con la publicación de Historical Statistics of the United States, Colonial times to 1957, informe elaborado por el Departamento de Comercio, en la cual estimaba la caída del PNB en 1946 en un 7.8%. Sorprendentemente, en posteriores ediciones, la cifra se revisó a un 12%, más tarde al 14,7% y así sucesivamente hasta que en la edición de 1986 finalmente la cifra alcanzó el 19%. Es por eso por lo que los estudiosos, con mucho sentido del humor, han bautizado, a posteriori, a esta “falsa crisis” como la “Gran Depresión del 46”.

[1] Thomas Woods, The forgotten crisis of 1920, J.R. Vernon The 1920-21 deflation: the role of aggregate supply

[2] J.R. Vernon, opt.cit

[3] M.Friedman y A.Swartz, A Monetary History of the EEUU

[4] J.R.Vernon, opt.cit.

[5]Sitio web de la Casa Blanca:  http://www.whitehouse.gov/sites/default/files/omb/budget/fy2013/assets/hist.pdf

[6] Creada mediante la Federal Reserve Act en 1913: http://www.legisworks.org/congress/63/publaw-43.pdf

[7] Por el contrario los tipos de intervención de la Fed en el período 1914-1920 habían sido excesivamente bajos. Thomas Woods, opt. cit.

[8] Lo cual refutaría una de los motivos de la recuperación alegados por el historiador Thomas Woods; los tax cuts de la administración Harding.

[9] Robert Higgs, Depression, War, and Cold War

[10] Robert Higgs, opt.cit.

[11]  Atribuído a Boris Shishkin. Vid. http://object.cato.org/sites/cato.org/files/serials/files/policy-report/2012/2/cpr32n3-1.pdf

[12] R.K. Vedder y L. Gallaway, The great depression of 1946.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s