Para Ferreras

Miles de españoles nos entregamos de lunes a viernes al más explícito ejercicio de masoquismo, sin necesitad de indumentarias de cuero, fustas y demás utillaje perverso, por el simple hecho de presionar el sexto botón del mando a distancia.

Este miércoles sintonicé el programa Al Rojo Vivo mientras comía, a riesgo de sufrir en consecuencia cualquier tipo de trastorno digestivo. Y lo cierto es que el programa en un inicio resultaba bastante interesante, con la presencia de varias voces autorizadas sobre Oriente Medio y el terrorismo. Pero entonces llegó el fatídico momento: Antonio García Ferreras, en una de esas escasas ocasiones en las que no emplea su tiempo en interrumpir al resto de tertulianos, se dirige a la cámara. En esos precisos instantes, hasta el coloso de Rodas quedaría ensombrecido por el del ego del presentador.

 “Los efectos de los bombardeos masivos… la falta de información que tenemos… la falta de periodistas… no hay el clásico corresponsal de guerra que pueda estar trabajando con un mínimo margen de libertad en la zona ocupada por el Estado Islámico, y nos llegan imágenes como esta: bombardeos que, evidentemente, a veces se llevan por delante a civiles” Surgen entonces en pantalla imágenes de la desolación y el dolor en el suburbio damasceno de Douma.

Sobre este tema ya se ha hablado antes en el blog: Douma, pese a lo que nos acaba de contar este miserable mercachifle de noticias, ni es una zona ocupada por el ISIS, ni los bombardeos sobre la población civil son efectuados por Francia, sino por las fuerzas gubernamentales assadíes, de forma ininterrumpida desde los inicios de la guerra.

Tienes la poca vergüenza, Ferreras, de erigirte como guardián del Bien y de la Verdad desde tu programa cuando juegas sin ningún respeto con las víctimas del conflicto sirio, manipulando su historia, culpando a Europa mientras ves tus cifras de audiencia crecer. Nunca alguien tan moralista pudo ser tan amoral.

Es evidente además, que tu embuste jamás aparecerá en la “maldita hemeroteca” del programa de tu esposa, el Objetivo. Poco puede esperar uno del canal que diriges, salvo mendacidad.

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La bandera siria

Recientemente han aparecido en diversas redes sociales quejas referidas a la no inclusión por parte Facebook de filtros para la foto de perfil con la bandera de demás países afectados por el terrorismo en las últimas semanas. Respecto a las continuas acusaciones que se hace a la prensa de etnocentrismo, o incluso de racismo, me parece una buena contestación este artículo:

Por qué me importa más un francés que un sirio

Lo que realmente me ha sorprendido es haya gente reclamando (como si acaso fb les perteneciera) la presencia de filtros con la bandera del Estado Sirio.
Sí, precisamente reclamando el puto filtro con la bandera del régimen Baaz , que desde 2011 ha reprimido de la forma más desmedida y brutal las manifestaciones, y ya en el curso de la guerra civil no ha dudado en bombardear indiscriminadamente y sin cuartel ciudades bajo control rebelde repletas de civiles como Alepo, Homs, Douma o Zabadani.

Si de verdad queréis expresar vuestra solidaridad con el pueblo sirio, esa es una manera bastante pésima.

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Depresiones de posguerra

Probablemente no las conozca. No se moleste en buscarlas en su libro de historia del Instituto, sólo encontrará a su ilustre vecina, la de año 29. Estas crisis no tienen el glamour de los tulipanes holandeses, no comparten la pasión e indignación de la burbuja del 2008, ni son el trasfondo de sublimes novelas como Las uvas de la ira.

Cabría preguntarse entonces por qué demonios merece la pena hablar sobre estas dos depresiones económicas estadounidenses, de 1920-21 y 1946. Lo cierto es que son únicas, pues en gran medida estas vienen definidas por las grandes carnicerías que las precedieron.

La crisis del 20-21

Se presta a la ironía que la década de “los felices años 20” se iniciase con una recesión que alcanzó, en su punto álgido, un 11,7% de desempleo[1] (sí, sé que en España hasta parecería una buena cifra, pero le juro que allí es algo traumático). La producción se redujo, según el Departamento de Comercio, casi un 7%, y la deflación se estima del 18%[2] (siendo la más alta del siglo en EEUU), a la par que más de 600 bancos entraban en quiebra[3] y los mineros del carbón convocaban numerosas huelgas. Y para colmo de males, la llamada Volstead Act, o Ley Seca, acababa de privar a millones de ciudadanos de su método favorito para aliviar las penas.

A pesar de la aguda crisis y de las constantes críticas de los republicanos, el ejecutivo del demócrata Woodrow Wilson no emprendió medida alguna de estímulo fiscal (es posible que tal inactividad se debiese al delicado estado de salud del presidente, que a lo largo de su vida había sufrido varios ictus).

Paradójicamente, no sólo la crisis habría remitido por completo en verano de 1922, sino que para 1923 la economía estadounidense se hallaba en pleno auge, con sólo un 2,4% de paro[4], todo ello en el contexto de una continua política de significativo ajuste presupuestario (entre 1919 y 1920 el gasto federal se contrajo más del 60%[5] y progresivamente se fue recortando aún más hasta 1924), encaminado a la amortización de la deuda pública contraída durante la Gran Guerra. Una recuperación en entornos de austeridad.

Una causa posible del desplome de los precios, que afectó principalmente a los productos agrarios, se debería a la caída de la demanda de bienes importados en Europa, pues esta había dejado de necesitar suministros para el esfuerzo bélico, dando lugar en la joven nación ultramarina un exceso de oferta. El fin de la guerra y la desmovilización también apuntan a ser algunas de las principales razones del elevado desempleo.

Por otra parte, en su libro A Monetary History of the United States, Milton Friedman y Anne Swartz acusarán a la recientemente creada Reserva Federal[6] (Fed) de haber aplicado una política monetaria excesivamente restrictiva, con súbitos aumentos de los tipos de intervención[7] entre 1919 y 1920 para combatir la inflación posbélica, cortando el flujo de crédito a las empresas, paralizando así la economía.

Para James Grant, la rauda recuperación económica supone una clara evidencia de cómo el ajuste realizado por el propio mercado, sin necesidad de la intervención del gobierno (o mejor dicho, con la necesidad de de su abstención), es clave para la salir de la fase depresiva del ciclo económico.

Charles Kindleberger en Manias, Panics ands Crashes interpreta la crisis como una consecuencia de la expansión monetaria originada por los bancos estadounidenses, dentro del joven sistema de la Reserva Federal, desencadenado un furor especulativo que acabaría en un crash.

A diferencia del origen de la recesión, el motivo de la singular celeridad en la recuperación no parece tener ya tan claras explicaciones dentro los paradigmas keynesiano y monetarista; no se aplicaron estímulos fiscales (para cuando empezó la importante reducción de impuestos del presidente Harding los momentos más crudos de la crisis ya se habían superado[8]), y las reducciones de los tipos de interés de la Fed a partir de 1921 no fueron de gran entidad. No existe, a día de hoy, consenso entre economistas e historiadores sobre la cuestión.

La “Gran Depresión” del 1946

Sería ya bastante mala suerte para el ciudadano estadounidense que, después del tremebundo Crac del 29 y de otra guerra mundial, aconteciese otra desgracia semejante. Imagínese la situación: Usted, acabada la guerra, regresa a su bonita casa en Pensilvania tras combatir durante tres años al nipón en el frente del Pacífico, todo ello para encontrarse ahora que en su país el PIB real se ha desplomado un ¡20.6%[9]!, y por si fuera poco, el déficit público es del 20%, la inflación del 18% y la deuda cercana al 120% del PIB (quizá este último dato ya no parezca hoy algo tan llamativo).

Tranquilícese, es 1946, la guerra ha terminado, y como es lógico, el gasto gubernamental, uno de los componentes del PIB, ha menguado drásticamente (otra vez en torno al 60% entre 1945 y 1947) como consecuencia del abandono de la economía de guerra y la reconversión.

En efecto, la mayoría de los ciudadanos estadounidenses no percibió en su economía personal tal brutal contracción del PIB, por el contrario; la aportación del sector privado a este aumentó respecto al año anterior un 29.5%[10], algo totalmente excepcional la tierra de las oportunidades. Paralelamente, déficit y deuda aminoraron progresivamente. Lo cierto es que puede parecer hasta obsceno referirse a este período de relativa prosperidad por el nombre de “Gran Depresión”.

Sin embargo, algunos economistas, como Alvin Hansen, temían ya en el año 1944 que la reducción del gasto público al acabar la Segunda Guerra Mundial, y la austeridad para el pago de las deudas de guerra podrían desencadenar una nueva recesión. Los más catastrofistas hablaban de un paro del 35%[11]. Afortunadamente, el desempleo cuatrimestral máximo alcanzado, incluso durante la reincorporación de legiones de excombatientes al mundo laboral, no fue mucho más allá de 4%[12].

Quizás, lo más anecdótico de todo esto sea que este acontecimiento sea conocido jocosamente como “la crisis que, aún terminada, empeora con el paso de los años”.

La historia de este curioso sobrenombre comienza en 1960, con la publicación de Historical Statistics of the United States, Colonial times to 1957, informe elaborado por el Departamento de Comercio, en la cual estimaba la caída del PNB en 1946 en un 7.8%. Sorprendentemente, en posteriores ediciones, la cifra se revisó a un 12%, más tarde al 14,7% y así sucesivamente hasta que en la edición de 1986 finalmente la cifra alcanzó el 19%. Es por eso por lo que los estudiosos, con mucho sentido del humor, han bautizado, a posteriori, a esta “falsa crisis” como la “Gran Depresión del 46”.

[1] Thomas Woods, The forgotten crisis of 1920, J.R. Vernon The 1920-21 deflation: the role of aggregate supply

[2] J.R. Vernon, opt.cit

[3] M.Friedman y A.Swartz, A Monetary History of the EEUU

[4] J.R.Vernon, opt.cit.

[5]Sitio web de la Casa Blanca:  http://www.whitehouse.gov/sites/default/files/omb/budget/fy2013/assets/hist.pdf

[6] Creada mediante la Federal Reserve Act en 1913: http://www.legisworks.org/congress/63/publaw-43.pdf

[7] Por el contrario los tipos de intervención de la Fed en el período 1914-1920 habían sido excesivamente bajos. Thomas Woods, opt. cit.

[8] Lo cual refutaría una de los motivos de la recuperación alegados por el historiador Thomas Woods; los tax cuts de la administración Harding.

[9] Robert Higgs, Depression, War, and Cold War

[10] Robert Higgs, opt.cit.

[11]  Atribuído a Boris Shishkin. Vid. http://object.cato.org/sites/cato.org/files/serials/files/policy-report/2012/2/cpr32n3-1.pdf

[12] R.K. Vedder y L. Gallaway, The great depression of 1946.

VAE VICTIS

Abundan en el imaginario popular numerosas ideas erróneas sobre la historia de la Roma antigua. No me refiero al clásico Julio César Emperador, de los tebeos de los célebres galos de Uderzo y Goscinny, sino  a la creencia de que de que el principal factor que motivó el colapso de este imperio fueron las invasiones bárbaras. Siendo innegable la fundamental aportación de éstas a la caída del imperio más célebre de la historia, cada vez son más aceptadas entre los estudiosos aquellas teorías que sostienen que la verdadera condictio sine qua non del fin romano se fundamentan en causas institucionales y económicas. En anteriores ocasiones, Roma ya había hecho frente a otras amenazas militares similares, que habían llegado hasta las mismas puertas de Roma (Aníbal Barca), o incluso la saquearon (Breno el Galo). Las hordas bárbaras en los siglos IV y V no hicieron sino acelerar el desmoronamiento y, aprovechando la decadencia existente, poner fin a la agonía de los herederos de Rómulo.

“Una gran civilización no puede conquistarse desde fuera hasta que no se ha destruido a si misma desde dentro”

Will Durant

Retrocedamos en el tiempo. Ya en la época tardorrepublicana, durante los consulados de Cayo Mario, era patente que la corrupción y el populismo ya eran una constante en la vida política de la urbe. Una vez acabadas las épocas de guerras civiles y triunviratos, la concentración de amplios poderes bajo la figura del Princeps, “el primero”, Octavio César, en el año 27 a.C. y el crecimiento progresivo del aparato del Estado: el funcionariado, la burocratización, los nuevos impuestos sobre el consumo y las sucesiones, la administración de la extensas provincias… con el tiempo no hicieron otra cosa que multiplicar aquellos problemas de los que se pretendía huir con la instauración del Principado.

A las malas prácticas del pródigo y degenerado Calígula, le siguieron unos años después las de Nerón, con las que se reafirmaba el modelo autodestructivo romano del panem et circenses: Oferta gratuita de luchas de gladiadores y otros espectáculos, intervención en los precios del trigo y reparto del mismo, costosas campañas militares… Nerón, amante de los pobres (y de tabernas y lupanares), y temeroso de los desórdenes, decidió buscar formas alternativas a las subidas de impuestos que evitasen la quiebra del erario público. Escogió sin embargo, la opción que en el largo plazo condenaría a la ciudad eterna; el envilecimiento de la moneda.

El denario pasó de contener 3,90 gramos de plata a unos 3,4, y el contenido del áureo bajó de 8 gramos de oro a 7,3. El poeta megalómano lograba con esto acuñar muchas más monedas por la misma cantidad de metales preciosos.

No serían pocos los Césares que recurrirían a las mismas medidas como medio recaudatorio. No en vano dijo Friedman “inflation is taxation without regulation”.

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La economía romana en los siglos I y II se hallaba en auge, con un floreciente comercio de manufacturas y productos agrarios, lo cual propiciaría la consolidación de importantes instituciones jurídicas, de las que somos herederos. Se estima que el progreso económico vivido en la época de la Pax Romana no se recuperó hasta la Edad Moderna.

Sin embargo, conforme se reafirmaba el modelo de corrupción política, despilfarro y envilecimiento de la moneda, las crisis económicas se hicieron más frecuentes, los precios se multiplicaron, especialmente los de los productos de primera necesidad, los ciudadanos veían desaparecer su poder adquisitivo, causando incertidumbre, etc…

Para el siglo III, el denario sólo mantenía un 2% de la cantidad de plata anterior a Nerón, Ante esta situación, los ciudadanos respondían a sus obligaciones con las monedas de menor contenido en metal precioso, siendo este hecho bien estudiado por el Obispo del siglo XIV Nicolas Oresme, escolástico francés y buen conocedor de los fenómenos monetarios, así como Sir Thomas Gresham, el cual definió perfectamente esto mediante el aforismo “la mala moneda desplaza a la buena”.

Las reformas monetarias de Antonino Caracalla acentuaron el proceso inflacionario a la par que se aumentaba el gasto militar. Esto induciría la gran crisis fiscal del siglo III.

La inflación sería el mayor agravante de la anarquía militar del mismo siglo; muchos legionarios del enorme y costosísimo ejército preferían desertar o seguir a un general sublevado con ansias de poder, que les prometía el pago en especie, antes que percibir su salario en denarios devaluados.

Con el ascenso al poder de Diocleciano, y la implantación de la Tetrarquía, el periodo de anarquía militar tocó a su fin. Bajo su gobierno se emprendieron numerosas reformas, con las que se volvía a caer en errores pasados. Con Diocleciano, comienza el Dominado, la última etapa política del Imperio Romano, donde los poderes del emperador son más despóticos que nunca, acompañados por una titánica burocracia, corrompida y parasitaria, y un ejército cada vez mayor, menos eficaz y más barbarizado.

Para financiar todo esto se acometió una ambiciosa reforma impositiva, otra reforma monetaria, y un Edicto sobre Precios Máximos, en el 301 d.C, que afectaba a la mayoría de los bienes de consumo más básicos, para frenar la hiperinflación. El Edicto establecía la pena capital al infractor, tanto por vender a precios mayores como por atesorar los bienes en lugar de venderlos por el precio establecido.

No sólo se fracasó en su objetivo, también una cantidad ingente de productos desaparecieron del mercado a consecuencia de la fijación de precios, provocando escasez y agravando la situación económica. Las frecuentes hambrunas impulsaron el abandono de las ciudades y la vuelta al campo, lo cual supone un hecho determinante para la posterior formación del feudalismo.

El resto de la historia es bien sabida. En 476, Odoacro, Rey de los hérulos, depone a Rómulo Augústulo. Es el fin del Imperio Romano de Occidente.

Pese a la fatal experiencia, la historia está plagada de sonados casos en los que los gobiernos recurren al impuesto-inflación, sin límite alguno, para aumentar su liquidez a costa de los ciudadanos, para afrontar la deuda fruto del despilfarro, financiar guerras… Terminando muchos de ellos con trágicos resultados. La moraleja es simple e intemporal; la irresponsabilidad del gobernante la pagamos todos. La tradición escolástica tardía, desde el mencionado Oresme, pasando por la escuela salmantina, nunca dudó al anunciar la inmoralidad del impuesto-inflación.

Sin embargo, a día de hoy se sigue hablando de monetizar la deuda. El nefasto presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, afirmó una vez “Estados Unidos puede pagar cualquier deuda que tenga, porque siempre puede imprimir dinero para hacerlo. Por eso la probabilidad de default para Estados Unidos es nula”. Desde 2008 la base monetaria en EEUU se ha multiplicado por cuatro, por cortesía de la FED, digna sucesora de nuestros conocidos emperadores.

Me gustaría, para finalizar, hacer especial mención (para invitar a los más curiosos a echarle un vistazo) a la emisión de asignados-moneda respaldados en tierras requisadas a la Iglesia, a manos de la Asamblea Nacional Constituyente en 1790, ideada por el Conde de Mirabeau. Se trata de un caso quizás no tan conocido como el de República del Weimar o Zimbabue, pero tremendamente ilustrativo de la hecatombe resultante de la irresponsabilidad monetaria.

El precio de la libertad es la eterna vigilancia”

Thomas Jefferson

Presentación

Lo cierto es que no se muy bien que decir aquí. Nunca se me dieron bien las presentaciones (ni las despedidas). Sed bienvenidos todos los lectores, espero que os guste.

Como veréis, la dejadez y la pereza es algo que me define. Es bastante posible que me limite a utilizar el blog únicamente para compilar artículos para otras revistas, páginas… todo se verá sobre la marcha, en la que espero que me acompañen.